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| "Aquí, gobernando". Revista "La Carcajada", 5-4-1872 |
"Pongan que son españoles los que no pueden ser otra cosa".
La frase, de sobra conocida, fue pronunciada por Cánovas del Castillo durante los trabajos de redacción de la Constitución de 1874, a la sazón presidente del Gobierno. Traigo esta anécdota a colación porque hace unas semanas, a través de una red social, me llegó un post de un amigo muy apreciado: una fotografía de la bandera de España, con la invitación a compartirla para demostrar lo orgullosos que nos sentimos de ser españoles.
Partiendo de que la nacionalidad, aunque tenga efectos jurídicos, es un hecho circunstancial y meramente fortuito, pues viene marcada por la nacionalidad de los padres y, en algunos casos, por el lugar de nacimiento, he de discurrir que para sentirse una persona orgullosa de ser de tal o cual país habrá que acudir a los logros, capacidades o méritos de sus nacionales, según la primera acepción de la palabra orgullo. Yo me siento muy orgulloso de que España sea líder en donaciones de órganos, que estemos entre los países más tolerantes, que tengamos una legislación de las más avanzadas del mundo en materias tales como el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo y, muy recientemente, la eutanasia. Pero también lideramos las cifras de paro juvenil, de pobreza infantil, de abandono escolar, de fraude fiscal y economía sumergida. Somos, entre los paises de nuestro entorno, uno de los que menos porcentaje del PIB dedica a sanidad y a educación. Un número elevado de nuestros jóvenes acaba el instituto sin ser capaz de entender un texto complejo, de redactar un correo electrónico, cumplimentar un impreso administrativo o de expresarse por escrito con claridad. No pueden acceder al mercado laboral porque no tienen experiencia; los mayores con experiencia no pueden hacerlo porque no son jóvenes. Definitivamente, los españoles tenemos que merecernos y trabajarnos el orgullo de ser españoles.
Hace algo más de tres años, el desastroso desenlace político del Procés independentista catalá llenó de banderas los balcones de toda España. Este país, construido siempre contra sí mismo, tiene un problema irresoluto con sus símbolos nacionales. En España las banderas no ondean, son esgrimidas. Y he aquí que llegamos a la segunda acepción de la palabra orgullo, según la RAE: "arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que suele conllevar sentimiento de superioridad."
Aquel que estime que los símbolos nacionales, que son de todos, no están asociados, absorbidos, incluso secuestrados por una parte determinada del espectro político es ajeno a la realidad. A finales del siglo XIX España es un imperio en decadencia, en contraposición a las potencias europeas, inmersas en un proceso colonialista que tendría funestas consecuencias en 1914. La pérdida de Cuba en la guerra contra Estados Unidos en 1898 sume al país en un profundo pesimismo: se ha perdido el imperio y la raza española (concepto habitual por aquel entonces) ha sido derrotada por una nación sin historia. Encabezado por algunos intelectuales, entre ellos Miguel de Unamuno, surge un movimiento patriótico que enseguida conseguirá apoyo en los sectores más conservadores de la sociedad y la política, en el ejército y en la iglesia católica. Ese españolismo de cuartel, casino y sacristía, que en unas décadas degenerará en el nacional-catolicismo y en el franquismo, no conseguirá calar en la clase obrera, existente solo en las grandes ciudades e inmersa más en la internacionalización de la lucha de clases que en batallas patrióticas. En el resto de España el campesinado sufre hambre y vive en un régimen casi feudal, ajeno por tanto a batallas que no sean la supervivencia diaria. Por otro lado, la sensación de pesimismo originada por el desastre de 1898 es también causante de que en las regiones más industrializadas, con una pujante burguesía y una clase obrera movilizada, tomen fuerza los nacionalismos periféricos, que calculan que ya no les es rentable continuar formando parte de España.
En septiembre de 1940 el régimen colaboracionista de Vichy hace llegar al general Franco un censo de españoles exiliados capturados en la Francia ocupada, preguntando qué deben hacer con ellos. La respuesta llega a través del entonces ministro de Asuntos Exteriores, Ramón Serrano Súñer: "No hay (buenos) españoles fuera de España." Consecuencia directa de ello es una circular de la Gestapo de 25 de septiembre de 1940 que dispone que los rotspanienkámpser (combatientes de la España roja) pierdan la condición de prisioneros de guerra y en consecuencia pasen a ser considerados apátridas, y por tanto se ordena su traslado a los campos de concentración y exterminio.
Hace unos años tuve ocasión de visitar Auschwitz. Hay un monumento que consiste en unas placas escritas en distintos idiomas, los correspondientes a las nacionalidades con mayor número de víctimas. No hay placa en español. O sí. Hay una placa en ladino, puesta por los judíos supervivientes de Salónica, descendientes de los sefardíes expulsados por los Reyes Católicos en 1492, y que con tanto amor a su perdida Sefarad han sabido conservar su lengua durante más de cinco siglos.
Sí había españoles fuera de España, y en aquel momento yo me sentí muy orgulloso de ellos.


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