No veíamos las señales de fuego en la pared; sentados a la mesa como antaño el rey Baltasar, saboreábamos, despreocupados y sin temer al futuro, los exquisitos manjares del arte. Y tan sólo varias décadas más tarde, cuando las paredes y el techo se desplomaron sobre nuestras cabezas, reconocimos que los fundamentos habían quedado socavados ya hacía tiempo y que, con el nuevo siglo, simultáneamente había empezado en Europa el ocaso de la libertad individual.
Stefan Zweig.
Estas palabras, que Zweig en su ensayo autobiográfico El mundo de ayer sitúa en los últimos momentos del siglo XIX, presagiaban los monstruos que en el XX habrían de asolar Europa desde el Atlántico hasta los Urales.

