Durante siglos prohibieron que sus libros sagrados fueran traducidos porque, decían, podían ser malinterpretados, a pesar de que casi nadie sabia leer. Ocultaron siempre que la verdadera causa era justo la contraria, temían que pudieran ser entendidos y sometidos a diálogo.
En 1563 el Concilio de Trento determinó, por un voto de diferencia, que las mujeres tenían alma.

