En su prólogo al libro "Crónicas marcianas", de Ray Bradbury, Jorge Luis Borges nos remite al Orlando de 1.516 con el siguiente texto: "a principios del siglo XVI, Ludovico Ariosto imaginó que un paladín descubre en la Luna todo lo que se pierde en la Tierra, las lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo malgastado en el juego, los proyectos inútiles y los no saciados anhelos..."
En verdad, dado que gratis es imaginar, soñar, qué magnífico hubiera sido que la carrera espacial no hubiera sido una carrera armamentística encubierta, que no nos viéramos obligados a buscar planetas que pudieran albergarnos cuando hayamos destruido éste en que habitamos. Miles de millones de dólares gastados para buscar agua o hielo en Marte, en la Luna. ¡Qué maravilla sería poder haberlos gastado en buscar los anhelos perdidos de Leonardo, de Francisco de Asís, de Augusto, de Alejandro el Magno; los suspiros ahogados de Teresa de Jesús, de Beethoven; el tiempo malgastado por Dostoievski; las lágrimas y los proyectos inútiles de tantos miles, millones de vidas humanas pasadas por el tamiz del olvido a lo largo de la historia.
Pero la tentación de soñar como hizo Ariosto es aún mayor. El paladín quizá ignoraba entonces que la Luna nos muestra siempre la misma cara, reservándose otra en el misterio. ¿Qué deseos, qué secretos perdidos, qué anhelos inconfesables nos oculta esta parte del mágico astro que se esconde a la mirada de los hombres? La Luna influye en las mareas, en los partos de las mujeres, en las cosechas. Juega su papel en el destino de los hombres, misteriosa, atrayente, es la feminidad de lo oculto, de lo misterioso. Ser capaces algún día de poner aquí un pie sí que sería verdaderamente un gran paso para la humanidad.

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