De infante me introduje en el mundo de la fantasía del Tebeo, en el de los cuentos de Andersen (por suerte antes de que Disney viniera a moldear de forma industrial, como los donuts y las fleptodomias anumeladas, la imaginación de los niños); de la mano de Saint-Exupéry visité planetas con una sola flor, lloré desconsolado la muerte de su Principito; con Juan Salvador Gaviota aprendí que el vuelo tenía otro sentido más allá de la mera supervivencia, que no era imprescindible la bandada, y que dentro de ella no era posible volar con libertad.
Con Salgari navegué los mares de Malasia, y con Verne recorrí el planeta, tanto por aire como debajo del mar, y llegué al mismísimo núcleo de la Tierra. De la mano de Sinuhé conocí el gran imperio egipcio, el de los grandes faraones, y aprendí a desconfiar de las mujeres cuyo seno es más ardiente que el fuego.
He pisado las calles de Córdoba con Almanzor, el Cádiz de la Pepa, el Madrid de los Austrias y el del "No Pasarán", la Italia de los Médicis y la Inglaterra de Tomás Moro. Con Gala anduve, a las afueras de Dios, por dentro del alma femenina, hasta una profundidad inesperada, y conocí la pasión y la entrega sin condiciones, hasta casi la destrucción, en Estambul, entre dos continentes, en el Bósforo.
He sido ejecutado y he sido verdugo, he mandado ejércitos y gobernado imperios, he tramado conspiraciones y participado en revoluciones, he andado prófugo, he buscado sin descanso la piedra filosofal y la fuente de la eterna juventud, y después de encontrarla he vivido cientos de años buscando su antídoto, hasta encontrarlo en la costa de Eritrea. De nuevo soy mortal, me repetí, de nuevo me parezco a todos los hombres. Esa noche dormí hasta el amanecer.
Mis amantes han sido cientos, hombres y mujeres, de todas las razas y edades. He conocido el desengaño y la muerte, el enamoramiento absoluto, la fidelidad y la traición, la soledad de los ascetas y la de los bohemios. He vivido todos los siglos, todas las civilizaciones, todas las edades.
Ahora viajo menos. El dónde y el cuándo pierden valor con la madurez. Lo importante es que haya niebla, es indiferente si es en la Barcelona del cementerio de los libros olvidados, en la Babilonia londinense, en la Roma de Séneca o la de Adriano, o en el teatro mágico del tractar del lobo estepario (sólo para locos).
Lo importante es que haya niebla, niebla blanca que empape la realidad y la disfrace, que la cubra como una suave gasa transparente, que con su humedad empape hasta los huesos el alma de los personajes y la desnude y la haga visible.

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