Nada de lo que sé me pertenece.
Nada de lo que soy me constituye.
Y si el árbol del conocimiento pertenecía a los dioses, habremos de suponer que éstos no eran tan perfectamente felices como nos cuentan sino, antes bien, perfectamente desgraciados. Quién sabe si la famosa prohibición de Jehová no sería más bien un consejo, una generosa advertencia: Cuidaos de comer del árbol del conocimiento, pues seréis como dioses.
El universo, tejido de causas y causas de sus causas, zozobra. Todos zozobramos. Nada hay que nos sostenga, ni los hombros de un Atlas, ni la mano de un Dios, ni la tortuga Visnu. Considere cuánto daño hicieron las iglesias, cuánto la necesidad de creer, cuánto el miedo, y cuánto la avaricia. Cuánto dolor causa nuestra ignorancia. Considere. Iniciemos el duelo.
Detrás de un arbusto, le pareció entrever un objeto pálido. Ha pasado de largo. Del camino, o del texto. Se detiene. Quiere volver atrás. Hace el ademán de volverse. No lo haga, siga adelante. No lo sepa, no. Deje, siempre que pueda, algo sin saber, algo sin ver del todo, algo sin entender. No se vuelva. Deje que la ignorancia acuda a la conciencia y realice en usted el milagro de la humildad.




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