Hay un concepto inexcusable de lo malvado cargado de erotismo, de sensualidad y de belleza. Es la inevitable atracción del abismo, de la perdición. Eros y Tánatos. La rendición física que relaja los músculos y acepta religiosamente el destino, la existencia de un ente superior que decide por los seres más débiles, un sacrificio estéril porque el sacrificado es, más que inocente, ignorante.Desconozco la causa, pero este concepto sufriente y sacrificante está arraigado en la más lejana de las etapas de la infancia, y cuando se mezcla con el recuerdo de un cuento infantil el resultado es inabarcable, único, egocéntricamente y unívocamente incompartible. Interior, oculto, inhibido de cualquier forma de comunicación íntima, silencioso y secreto.Y si ocurre que el desenlace es pretendidamente ambiguo, que el espectador únicamente es capaz, conducido por su conciencia y memoria, de elegir entre dos soluciones dramáticas, y sin embargo deviene en inesperado, sorprendente y sencillo, inexplicable al mismo tiempo, es cuando estamos viendo cine.Cuando una película consigue que al terminar salgamos heridos de la sala, convulsos dentro de nosotros y de nuestros recuerdos, de nuestros valores estéticos y morales. Si conmueve, es arte.
28 enero 2013
Blancanieves.
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Si duele, mejor.
ResponderEliminarTodo lo que no entraña dolor, no perdura. En lo sencillo, en lo evidente, en lo que no cunde, no hay arte, pero tampoco hay vida. Habrá otras cosas, Manolo. Algunas, no tengo la menor duda, fantásticas, pero ninguna de esas es de la que hoy hos ha venido a hablar.
Hbrá que ver Blancanieves. A pesar de que nos la vendan tanto.
Nos vemos.