En ocasiones encontramos palabras que nos hieren, que casi nos embisten; saltan del cerebro al pecho con el resplandor de un rayo que sólo el lector percibe. Palabras que con su profunda hermosura transmiten un significado tan elevado, que uno duda de haber leído bien. Me ocurrió hace unos días en Moguer, en la casa museo de Juan Ramón Jiménez. Son palabras tristes, de despedida, y toman su valor al dedicar el último pensamiento a la amante perdida, y su hálito de tristeza al reconocer el fracaso de todo proyecto vital, que inevitablemente finaliza en un vano recuerdo que se desvanecerá con nosotros, sin que nos demos cuenta ya:
"A Zenobia de mi alma, este último recuerdo de su Juan Ramón, que la adoró como a la mujer más completa del mundo, y no pudo hacerla feliz.J.R.
Sin fuerza ya."
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